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Pedro Rújula: “El libro tradicional sigue resistiendo con una enorme solidez”

Con motivo del Día del Libro, el CSIC publica en abierto 'Manifiesto Zombi. El poder del libro', en el que el autor reflexiona sobre la vitalidad del libro en papel frente a las pantallas

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Catedrático de Historia contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Pedro Rújula (Alcañiz, 1965) se ha especializado en los fenómenos políticos, sociales y culturales en los orígenes del mundo contemporáneo. Estos temas no solo han centrado sus investigaciones, sino que le han llevado a escribir libros como Contrarrevolución (1820-1840) o El Trienio liberal. Revolución e independencia, 1820-1823. También ha participado en primera persona en el mundo editorial y entre 2010 y 2025 fue director de la editorial Prensas de la Universidad de Zaragoza. En Manifiesto Zombi. El poder del libro (Editorial CSIC, 2026) combina ese interés por la historia y el mundo del libro. El texto reflexiona sobre si en ese futuro que algunos visualizan como digital y en la nube tiene cabida el libro en papel, e invoca a quienes el autor denomina ‘zombis’, es decir, las personas que desean seguir disfrutando de los beneficios y los placeres de la cultura del libro y están convencidos de que los libros impresos tienen futuro. Conversamos con él a propósito de esta nueva publicación, editada en acceso abierto por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) con ocasión del Día del Libro 2026. 

¿Por qué es necesario reivindicar el papel frente a las pantallas?

Es muy importante porque los grandes cambios que se están produciendo no son visibles, ni siquiera son guerras declaradas. Una de las cuestiones paradójicas de este cambio cultural que se está produciendo es que nadie declara que quiera que se produzca. En realidad, nadie va en contra del mundo del libro en papel o del mundo del libro clásico de la cultura humanista. Pero buena parte de aquellos que defienden otra serie de actitudes culturales vinculadas a la tecnología no defienden el libro. Y es que, durante muchísimo tiempo, a la tecnología se le atribuyó unas virtudes éticas intrínsecas: que lo moderno y lo tecnológico es bueno. El manifiesto lo que hace es señalar que hay muchas cosas buenas en la tecnología, pero no toda la tecnología genera consecuencias benéficas. Se trata de identificar aquellas dinámicas tecnológicas que están impulsadas estrictamente por intereses económicos y que, por lo tanto, generan consecuencias sociológicas más ligadas al interés que al beneficio común. La cultura humanística clásica debe estar vigilante respecto de aquellas dinámicas tecnológicas que no favorezcan al conjunto de la comunidad.

Hay un argumento que preside el libro, la obsesión sobre el uso del tiempo.

En varios momentos se reflexiona sobre la importancia de la dimensión temporal en todo lo que tiene que ver con la cultura, cómo las nuevas tecnologías absorben nuestro tiempo sin decidirlo nosotros. Por su carácter adictivo terminan absorbiendo una parte de nuestro tiempo disponible, y este es limitado y muy valioso. Muchas veces accedemos a productos baratos o gratuitos y pensamos que no estamos pagando. Pero no es verdad. Estamos pagando con nuestro tiempo, la moneda con la que pagamos es nuestra atención y nuestro tiempo. Entonces, tenemos que ser conscientes de que no debemos pagar por algo que no merezca la pena, debemos dedicar tiempo a productos culturales de calidad, a productos culturales que verdaderamente nos beneficien o estemos interesados en ellos. No vaya a ser que empleemos una parte de nuestro capital de tiempo en acceder a productos culturales que no hemos decidido ni queremos consumir, productos que alguien, con un algoritmo o una definición de objetivos, ha decidido que deberíamos consumir incluso en contra de nuestra voluntad.

No es la primera vez en la historia que se produce un cambio de este tipo. Como dice en el libro, la Ilustración desafió la cultura oficial del Antiguo Régimen. ¿En qué sentido vivimos hoy una nueva Ilustración?

Aunque los fenómenos son contrarios, las similitudes del proceso de sustitución cultural son muy simétricas. La Ilustración, con toda su vitalidad, vigor literario, su capacidad de sátira y capacidad de demoler la vieja cultura, no hizo un ataque a la vieja cultura humanística de herencia medieval. No hizo un ataque frontal con sus propias armas. Lo que hizo fue crear un nuevo campo de batalla en el que desafió al modelo previo y le ganó porque las reglas las habían puesto ellos. En este caso, me parecía un poco el mismo caso. En realidad, la vieja cultura humanística ya no va a combatir con las redes sociales o la comunicación tecnológica con sus viejas armas del razonamiento porque en ese campo la batalla está perdida desde el primer momento. El conflicto ya no se está produciendo en el campo del razonamiento, se está produciendo en el campo de las emociones y de las intuiciones. Ahí sí me había dado cuenta de que el medio es el mensaje. La utilización de un nuevo medio termina portando el nuevo mensaje. Luego, en realidad, todo aquello que no pueda ser transportado por el medio tecnológico quedará en el olvido.

¿Qué tipo de contenidos se quedan en el olvido?

Por ejemplo, géneros como la novela o el ensayo. En tanto que se lea solo en digital, nadie va a leer ensayos de seiscientas páginas en un soporte digital. Según las encuestas de lectura, la mayor parte del acceso a contenidos digitales se realiza a través de un teléfono, un dispositivo muy reducido en su superficie. Si miramos a nuestro alrededor y preguntamos a las personas que tenemos alrededor con un móvil, ¿cuántas personas nos dirán que leen en ellos? Sí, en un teléfono móvil también se puede leer novelas, pero no se leen. Primero, porque el dispositivo no es el más adecuado. Pero, además, el propio dispositivo invita a la apertura y no a la concentración sobre el texto; invita a la multiplicación de discursos, a la fragmentación. No es el medio más adecuado para un discurso continuado, secuencial, lineal y que, además, requiere largas periodos de concentración. No es para lo que están definidos los dispositivos electrónicos, están pensados para contenidos puntuales, fragmentarios y muy intuitivos.

En Manifiesto Zombi. El poder del libro señala que un libro es un dispositivo que requiere iniciativa para seleccionar el título deseado, voluntad para abrirlo, decisión para identificar la página en la que empezar la lectura y ánimo activo para desentrañar activamente su contenido. ¿En lo digital se pierde la voluntad?

Uno de los conceptos que se manejan a lo largo del libro es el de autonomía. La autonomía en el campo intelectual es muy importante. La construcción del individuo parte de la construcción de esa autonomía, de esa libertad de hacer, pensar y actuar como uno verdaderamente quiere. La tecnología introduce un factor en esa autonomía, y es que muchas veces el dispositivo es tan complejo que no conocemos cuáles son las decisiones que hay detrás de los contenidos a los que accedemos. Con el libro lo que tienes es una simplicidad básica, una simplicidad estática. No todo son virtudes por ese estatismo, pero en este caso sí lo es. El libro que fue escrito hace 300 años, físicamente conservado hasta hoy contiene lo que alguien decidió hace 300 años que quería que hubiera. Las redes, en cambio, son tan volubles y volátiles que pueden desaparecer. La actividad con la que se mueven los contenidos en un dispositivo que previamente ha sido programado por alguien que no somos nosotros tiene algunas oscuridades, algunas limitaciones respecto a la naturaleza de los contenidos que recibimos. Siempre hay una sospecha sobre quién está detrás del envío de los posts que nosotros no hemos decidido recibir. Aparte de que la propia secuenciación de contenidos en las pantallas de los teléfonos invita a una secuencia no programada, mientras que cuando uno toma un libro en sus manos puede elegir la secuencia, elegir qué libro toma, en qué página lo inicia... En las redes es todo mucho más agitado, mucho más imprevisible, lo cual también lo llena de adrenalina.

¿Ha puesto lo digital en crisis la noción de originalidad y de autoría?

Es un tema central de la nueva cultura, la idea de que la autoría no es relevante porque no es evidente y porque parece que el propio medio no la tiene demasiado en consideración. De hecho, los contenidos que aparecen en las redes generalmente son contenidos gratuitos que se reproducen, no nos preguntamos quién está detrás, ni siquiera parece demasiado importante. La gente tiene, en muchos casos, la actitud casi de apropiarse de aquello que puede utilizar, esto se nota bastante en las aulas. A veces, los alumnos tienen dificultad para concebir la noción de autoría y la noción de originalidad. Cuando son capaces de capturar un contenido y ponerlo en su propio documento, a partir de ese momento consideran que el texto es suyo. Y eso sucede también en las redes. En el momento en el que todo puede ser cortado y pegado, la autoría se diluye hasta casi desaparecer. En el mundo en el que vivimos hay un momento en el que uno tiende a reconocer la autoría, sobre todo porque está impelido a hacerlo. Cuando alguien paga por un texto, un libro o una imagen está de facto acometiendo un acto moral de reconocimiento de autoría, porque se paga por algo que es valioso, y es valioso porque se lo pagas a la persona que es su propietaria. En el momento en el que se deja de pagar por la originalidad, por la autoría, se empieza a devaluar también la propia noción de originalidad y de autor.

Hemos hablado del autor, pero ¿se ha convertido el algoritmo en el nuevo editor en el mundo editorial?

El viejo sistema estaba marcado por las editoriales, por un largo proceso de selección de originales, de distintos profesionales que preparaban convenientemente el libro... Era un engranaje costoso, pero al mismo tiempo era un engranaje que dotaba de calidad y de sentido al sistema. En el nuevo paradigma tecnológico, todo aquello considerado negativo desaparecía. Y entonces, claro, entraban nuevos actores tecnológicos que serían los que mediarían entre los autores y los lectores. Esa utopía tecnológica, que se proclamó durante mucho tiempo, nunca se cumplió y, por lo tanto, el sistema del viejo libro siguió manteniendo la idea de que el editor era un actor fundamental. La nueva tecnología, más vinculada a los nuevos teléfonos móviles y a unidades de contenido que ya no son libros, introduce un nuevo paradigma de libertad. Pero esos contenidos a los que estamos accediendo también los está editando alguien, lo que ocurre es que ya no es alguien que nosotros conozcamos. Están ocultos y no declaran sus intenciones.

Y la inteligencia artificial, ¿qué papel tiene en el sistema editorial?

La inteligencia artificial tiene el inconveniente de que no es inteligencia. Es una gran operación de marketing llamarla así porque en realidad no es inteligencia en tanto que no piensa por sí misma, sino que tiene que alimentarse de contenidos creados por otros. Es una herramienta de una gran utilidad, es una herramienta de una enorme competencia, valiosísima, pero que no puede desconocer los factores que la hacen valiosa, que han sido esos factores ligados a la producción cultural, a la autoría y a las grandes editoriales que muchas veces han visto cómo sus fondos eran deglutidos y absorbidos por estas grandes máquinas de absorber contenidos para reciclarlos, reelaborarlos. Tiene el derecho de hacerlo si puede, pero tiene que reconocer el valor añadido de aquellos contenidos que está ingiriendo. A partir de ese momento, la inteligencia artificial sería mucho más honesta. Pero no es así, la inteligencia artificial está depredando.

¿Existe alguna ventaja en el consumo de lo escrito en formato digital frente al papel a corto, medio o largo plazo?

El ecosistema actual del trabajo intelectual ha asumido perfectamente la combinación de dispositivos electrónicos y dispositivos físicos. Desde mi perspectiva, esa combinación es la que mejor resuelve las cuestiones ligadas al pensar, al escribir, al razonar o al comprender. La combinación de soportes físicos y electrónicos, la combinación de la escritura a mano y la escritura en pantalla, la combinación del acceso a contenidos breves y fragmentarios y a grandes y clásicos discursos que siempre han alimentado y seguirán alimentando el imaginario de la sociedad occidental… No es cuestión de elegir una fórmula respecto de la otra, sino de elegir lo mejor de cada una de ellas.

¿La cultura del libro tiene futuro?

Sí. En primer lugar, por una cuestión histórica. Los grandes profetas de la sustitución del libro por la tecnología decían que esto era una historia de pasado y futuro, de que los nuevos libros electrónicos o los nuevos contenidos electrónicos desplazarían a los contenidos físicos. En realidad, los profetas de lo tecnológico fracasaron absolutamente. El libro tradicional se sigue manteniendo con una enorme solidez, de eso no hay ninguna duda. Pero es que, al mismo tiempo, es necesario que el libro sobreviva, porque si sobrevive lo harán también todas aquellas virtudes ligadas a la cultura del libro, es decir, todo aquello que tiene que ver con él como la perspectiva, la percepción del tiempo, la crítica, la reflexión... El libro, por supuesto, está llamado a continuar, sobre todo si ponemos suficiente atención en el aprendizaje de la lectura para que las sucesivas generaciones puedan tener la oportunidad de experimentar, por si mismas, las virtudes del libro.

 

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