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Laboratorio del Procomún
La ciencia ya es tan importante como el aire y ambos, una y otro, sólo son sostenibles con la complicidad y el empuje de la ciudadanía.

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Nunca ha sido más claro el hilo que une ciencia, democracia y patrimonio. Nuestras sociedades se han hecho muy complejas y, al igual que serían inhabitables si no pudieran garantizar la pluralidad de culturas y sensibilidades, tampoco pueden sobrevivir sin que los debates públicos se resuelvan sobre fundamentos objetivos.

Los nuevos patrimonios tienen un componente científico indudable, además de dos características que los distinguen de los antiguos: son planetarios y sólo emergen cuando están amenazados. Defenderlos implica inventariarlos y ponerlos en valor, lo que es tanto como socializarlos. Pero no basta con promover políticas de comunicación o popularización más o menos acertadas: hay que aprender a gestionarlos y, por tanto, necesitamos conocerlos a fondo.

Por ello, más que ir a un museo que no podría contenerlos, hay que entrar en un laboratorio en donde acceder a experiencias que nos ayuden a visualizar los riesgos hacia los que nos encaminaos si el Procomún no es protegido.

Esta sería la función del Laboratorio del Procomún, un ente de nuevo cuño que combina dos géneros diferentes de actividad. De un lado, dar cabida a las distintas sensibilidades desde las que puede ser percibido y evaluado un bien, ya sea por los colectivos de afectados, ya sea por expertos, empresarios, abogados o activistas. De otro, se trata de contar con los instrumentos que permitan la cualificación del problema, bien entendido que lo que se busca es producir experiencias controladas que permitan anticipar políticas preventivas.

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